Nueva dirección www.sanferminencierros.com
Esta página ha crecido y como se ha hecho mayor se merece un dominio propio www.sanferminencierros.com que ya está plenamente operativo. El site original seguirá funcionando por un tiempo, pero más fotos, más textos y nuevas actualizaciones se irán incorporando en la nueva dirección. Seguimos trabajando para acercaos nuestra visión de las fiestas. Muchas gracias por estar ahí y contribuir con vuestras visitas a que este proyecto continúe!
Pello
Texto y foto: José Luis Ollo
Y tras el final de la fiesta, llegan los balances. Días para analizar y valorar cómo han transcurrido los sanfermines de 2009, los del año de la crisis, los del aniversario de Hemingway, pero que serán recordados por el fallecimiento de Daniel Jimeno en el encierro del día 10. Además, otra escena, por su crudeza, se nos ha fijado en la retina y difícilmente la olvidaremos. Ocurrió el pasado domingo 12 de julio, cuando ‘Ermitaño’, un miura de 575 kilos, se ensañó durante treinta segundos con Pello Torreblanca en el callejón de acceso a la plaza de Toros para cornearlo repetidamente. Cada cual puede hacer su propio balance, pero el de Pello no tiene más que una lectura: volver a nacer. Casi una semana después de ese momento sobrecogedor, el pamplonés sigue ingresado en la UCI del Hospital de Navarra y afortunadamente se encuentra estable dentro de la gravedad. Parece imposible, pero al final del todo, ha sido una suerte.
Encierro de la villavesa
Texto y foto: José Luis Ollo
Este Induráin es una réplica, un voluntario abnegado que resurge de sus propias cenizas en el amanecer de cada 15 de julio. Como se puede apreciar, va peligrosamente acompañado por todos los mozos que, a diferencia del pentacampeón del Tour, no han sabido retirarse a tiempo, a juzgar por su aspecto y sus voces rotas. En esto consiste el llamado ‘encierro de la villavesa’: los que tras el ‘Pobre de mí’ no se han resignado a acabar los sanfermines reivindican la fiesta eterna concentrándose a las ocho de la mañana en la cuesta de Santo Domingo, el mismo lugar en el que se han reunido los corredores de verdad durante las mañanas precedentes. Y allí aguardan la llegada del ciclista, para jalearle por el recorrido del encierro hasta el callejón de la Plaza de Toros, ya cerrado hasta el año que viene.
Lo de la ‘villavesa’ viene de los orígenes de esta tradición, cuando el autobús urbano ascendía por la cuesta para reanudar su trayecto rutinario tras el periodo festivo. El viaje, claro, siempre se frustraba, porque los allí congregados impedían el paso entre gritos, empujones y risas. Ante el peligro evidente que suponía este nuevo rito, el servicio de autobús fue cancelado a esa hora y los mozos comenzaron a citar a cualquier persona, animal o cosa que ascendiera por la calle. Y en eso llegó este duplicado de Induráin, en homenaje al ciclista de Villava que por entonces triunfaba cada año en las carreteras francesas. Y los mozos le acompañaron a trompicones. Y la cosa tuvo gracia. Y se perpetuó, que es lo que ocurre aquí cuando algo tiene gracia.
356 dias para 204 horas
Sabor a sanfermines
Del 7 al 14 de julio, cada tarde taurina tiene un prólogo entrañable. En la calle del Mercado, detrás del Ayuntamiento, los dos alguacilillos –de negro, con capa y sombrero– aparcan sus caballos a las cinco en punto para que decenas de niños se suban a ellos y puedan ser fotografiados por sus padres. A pocos metros de allí, en la plaza Consistorial, se reproduce el mismo rito con las mulillas. Media hora después, todos ellos, acompañados por La Pamplonesa, desfilarán entre pasodobles hasta la Plaza de Toros. Sabor a sanfermines, cien por cien.
Gigante´s rock tour
Foto Luis Azanza
Foto José Luis Ollo
Foto y texto Berta Bernarte
Palmas, vítores, figuras subidas sobre hombros que agitan los brazos. “Vuelven a salir, vuelven a salir”. El público enloquece, se les acerca, quiere volverlos a ver bailar, tocarlos, besarlos. La temperatura no deja de subir. Los flequillos se pegan a la frente que brilla de sudor. Alguien pasa un botellín de agua.
Y suena de nuevo la música. Se reinician los saltos, los giros, más y más deprisa. Es el bis, la apoteosis final, que corean aquellos que ya no volverán a tener 25 años. Los gigantes se van. Y los niños gritan, pero los padres más.
Han llevado a sus hijos a la despida de la comparsa de Gigantes y Cabezudos en la nueva Estación de Autobuses y mientras algunos viajeros observan atónitos como cuatro parejas de cuatro metros de alto se lanzan a una coreografía de cruces, revueltas y balanceos, rodeados de una multitud de treintañeros y cuarentones más emocionados incluso que los pequeños.
Han crecido con reyes de diferentes razas o continentes, qué más da, de cuya soberanía nadie duda en estos días de julio, acompañados de una pequeña corte de Cabezudos. Son el alcalde, el concejal, la abuela y una pareja de japoneses, quizá para compensar la falta de ojos rasgados entre sus compañeros de la alta realeza. Más palpitaciones producen los Kilikis alguaciles del orden creadores del mayor de los desórdenes y los Zaldikos, hombre-caballo, al perseguir a quien más vaya a gritar para golpearle con blandos vergajos. Entre los más pequeños generan la fascinación del lobo de los cuentos, que puede dar miedo, atacar, pero sus dientes son ficticios e incruentos. Como mucho puede producir una sana pesadilla o un deseo de emulación que sufren las piernas de sus progenitores.
Pero las grandes estrellas son los gigantes, cuyos fans bloquean las calles, les siguen hipnotizados con el sonido de la gaita y el txistu, pierden la compostura por una foto con ellos, por tener un recuerdo. También representan el paso del bebé a la infancia con voluntad propia porque en la despedida sus manos se llenan de chupetes abandonados para siempre.
Como rockeros veteranos que nunca mueren, los actuales gigantes se acercan a los 150 años, aunque su tradición se remonta al siglo XVI. Su adiós a las 3 de la tarde del día 14 es como la actuación estelar de los festivales a los que han dejado de acudir desde que son padres. Una comunión intensa e intergeneracional. Que esos pequeñajos y pequeñajas que se abrazan a las grandes cabezas cuando se agachan para ser besados seguirán venerando cuando tengan treinta años.
Foto Luis Azanza
Último
Fotos Luis Azanza y Texto Berta Bernarte
Con un claro vencedor concluyó el octavo y último encierro de San Fermín disputado desde el primer tramo. Nada que ver con la etapa final del Tour, en la que todos pasean hasta el momento del sprint.
Si la carrera de la ganadería de Nuñez del Cuvillo se saldó con 2,20 minutos vertiginosos, un toro con el dorsal 85 fue ganando espacio y posiciones desde final de Santo Domingo. Tenía prisa por llegar y en su camino arroyó a quien no pudo apartarse a tiempo. Sin malos modos, solamente para llegar el primero. Sus razones tendría para entrar en los chiqueros unos 40 segundos antes que el resto. Todavía se baraja si ha establecido un record.
Esta ruptura de la manada no ha supuesto el descuelgue de ningún rezagado, bien arropados por los cabestros de cola. Con esta velocidad pero con calle para todos, las carreras han sido espectaculares, explosivas, a pesar de algunos tropezones y una montonera en Estafeta. Puro disfrute para mozos, venidos de tantos lugares, que unían la alegría de poder correr codo con codo, pero sin estorbarse y echándose una mano, a la sensación de que instantes después llegaría la despedida, que solo les quedaban los abrazos y los últimos comentarios, las bromas finales y las anécdotas que no siempre entienden los amigos. Hasta el año que viene. O hasta Tafalla, Tudela, Cuellar, San Sebastián de los Reyes, Saint Sever…
Quizá algunos grupos hayan almorzado, sea guisado de toro o no, como colofón a los encierros 2009. Muchos estarán ya en carretera o en una reunión de trabajo con la mente escindida, preparándose para la extraña normalidad de mañana. Porque la adrenalina también produce resaca. Y de las buenas.
Foto Berta Bernarte
Hambre de baile
Foto Luis Azanza Texto Berta Bernarte
Los horarios son como la energía ni se crean ni se destruyen solo se transforman. En la dimensión fiesta, ese agujero negro que nos aparta del resto del universo conocido durante nueve días, el caos es solo aparente. Lo que podría parecer desorden a los ojos del foráneo tiene una lógica espacio temporal y unos códigos de lenguaje que no precisan explicación, a pesar de su cambio de significado.
Así el desayuno se transforma en sinónimo de chocolate con churros después del encierro, comidos de pie tras hacer cola en La Mañueta, que para eso abre solo en fechas muy señaladas o en el Churrero de Lerín en la Estafeta, sentados con suerte en un banco, una banqueta o en el fondo de algún café tranquilo que ha tenido el detalle de conservar sillas y mesas. !Y cómo se agradece! Para los ultracuerpos, aquellos que han resistido toda la noche, puede ser la cerveza y el bocata de jamón previo al desplome en la cama. Todo con su tempo, su ritmo extraterreste.
Porque la mañana tiene hambre. Un ansia de alimento para conjurar el sueño, el cansancio, la falta de agilidad mental. Que se transforma en el almuerzo, palabra ahora gozosa, lejos del pintxo y el café rápidos trasegados en la pausa laboral. ¿Quedamos hoy para el almuerzo? Una invitación que se convierte en toda una comida, en ocasiones la principal del día, con un único límite: la misión se complica a partir de las 12 y media. Ese limbo previo al menú del mediodía, que se roza ya con el vermú.
El almuerzo es una sesión matinal que puede comenzar a las 9 de la mañana y en la que caben los platos más fuertes, más rudos y más deliciosos y directos, regados con vino sin sutilezas, aquellos que nos recuerdan nuestro pasado: tatarabuelos espigadores, camineros, segadoras, pastores, leñadores, asaltantes de caminos y serenos. Huevos y magras con tomate, ajoarriero, guisado de toro, patorrillo, menudicos, manitas de cerdo, pochas… Son el combustible primario que los músculos necesitan para ponerse de nuevo en marcha. Para lanzarse al baile.
Espacios
Fotos Luis Azanza Texto Berta Bernarte
Séptimo encierro, antepenúltimo, ya solo queda una oportunidad para correr en San Fermín este año. Hoy la ciudad entera está de lunes, con un agotamiento blando que ralentiza el pensamiento. Después de tantos excesos, tanto festivos como aterradores, previo al cohete el recorrido respiraba una calma pantanosa, como si el cansancio hubiese relajado los ánimos de algunos, ofreciéndoles algo parecido a la serenidad. Menos gente que permitía ver las caras que otras veces tapa la masa, concentradas y despiertas. Sabedoras de lo que se jugaban. El envés del primer día de la semana, el incorporar discretamente lo extraordinario en la vida cotidiana: despertador, café, encierro, autobús, trabajo.
Los toros de Fuente Ymbro también cumplieron con su labor con profesionalidad. Lanzados, no dejaron de correr en ningún momento, lo que se tradujo en la carrera más rápida de todos los Sanfermines, pero tampoco permitieron el dominio total de los cabestros. Cada uno en su sitio, con un toro que se puso en cabeza en Santo Domingo, pero sin dejar de ser consciente de que la manada le seguía.
Vueltos a reunir, el grupo se ha partido en dos en Estafeta abriendo el ansiado espacio para las carreras, con mozos que podían entrar y salir, sin los agobios de días precedentes. Eso sí no les podía faltar reprís. Está claro que cualquiera no puede. Hay que saber, estar física y mentalmente preparado. Con los gaditanos Fuente Ymbro ha sido un hermoso y limpio encierro para el disfrute de los corredores. Que ya les tocaba. Para que tengan un buen lunes.
Foto Berta Bernarte
En la curva
Fotos Luis Azanza Texto Berta Bernarte
El encierro es una obra en diferentes actos. Apenas está amaneciendo y son los cuerpos de la noche los que todavía se mueven a lo largo de las calles, cuando la curva de Mercaderes comienza a tomar su forma, a merecer su nombre. El resto del año es un simple cruce, el punto en el que se detienen los vecinos para charlar, por el que se pasea o se atraviesa con prisa.
Solo en Sanfermines sus líneas rectas se arquean al vestirse de madera. Un entramado que tablón a tablón van encajando los carpinteros, con precisión, fuerza y mimo, mientras la cubren de una coraza de pino que debe ser capaz de resistir el impacto de 600 kilos embravecidos, de guarecer a los sanitarios y a aquellos que con sus cámaras esperan desde las 5 y media de la mañana para hacerse un hueco sobre estos maderos y que se mezclan en su expectación somnolienta con los noctámbulos.
Los montadores del vallado de la Carpintería de Hermanos Aldaz Remiro, de la localidad navarra de Puente la Reina, aseguran la única frontera que separa a la ciudad de los animales en su carrera ciega. Llevan haciéndolo 17 años y son necesarios los brazos de una sesentena de personas para encajar más de 2.000 tablones, además de postes, falcas, puertas, empalizadas asegurados por 10.000 tornillos. Quienes mejor que ellos para lanzar el cohete que marca el inicio del encierro, que corrobora que cada pieza está en su lugar preciso.
Si el capotito de San Fermín huele a madera, Mercaderes se hace curva mientras el sol se levanta. Contemplarlo bien merece la pena el madrugón o la noche blanca. Y todavía queda tiempo para un baile, un beso o más.























